Capítulo 27

MELANCOLÍA – DUELO

Trate de atrapar la voz de su mente en el momento
mismo en que se queja de algo, y reconózcala por lo
que es: la voz del ego (…)

Eckhart Tolle

Estas palabras nos remiten a momentos dolorosos de nuestras vidas, algunos ocurridos en la realidad tangible, otros dentro de nuestra emocionalidad, pero ambos tienen que ver con las pérdidas.

Melancolía: Tristeza vaga, difusa. Abatimiento, depresión.

Duelo: Dolor, aflicción. Demostraciones para manifestar el sentimiento por la muerte de un ser querido.

En la literatura psicoanalítica, Freud investiga en profundidad el dolor y sus variables. Y expresa:

El duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada, o de una abstracción equivalente, como la patria, la libertad, un ideal, etc. En muchas personas, ante las mismas circunstancias, en lugar de duelo se observa melancolía, por eso se sospecha en ellas una disposición enfermiza.

La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad; y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigración y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo.

En realidad ésta es la descripción de un cuadro que podría tener raíces en lo biológico. Ocasionalmente se trata de una enfermedad que puede necesitar de asistencia psiquiátrica e incluso internación.

En la delimitación de contenidos, nos interesa poner énfasis en manifestaciones de la melancolía como una posición frente a la vida en las situaciones cotidianas del hombre y de la mujer.

Expresiones melancólicas aparecen con frecuencia frente al abandono que se experimenta en el corte de una relación. En los arranques de furia, condena y culpabilización hacia la otra persona -a quien se acusa de haber cortado el suministro afectivo-. Quien se deja atrapar, por tales emociones, niega en absoluto su propia responsabilidad. La autodenigración y el autoreproche se proyectan, en este caso, de forma masiva en el otro miembro de la relación. Cuando reviste estas características, da cuenta de un mecanismo psicopático, que es necesario concientizar.

En América Latina, frecuentemente encontramos este clima melancólico en la cultura popular: bolero, tango y folklores regionales. En ellos hallamos indicios muy marcados de esta modalidad del ánimo. Algunos ejemplos aparecen en el folletín, el grotesco criollo, la telenovela, como vehículos de un espíritu melodramático (pesimismo, sentimiento de derrota, sobrevaloración de las situaciones penosas, desvalorización de sí mismo y de los demás). Este discurso se ha naturalizado en nuestro modo de ser y contiene una suerte de erotización de la desgracia. La persona se instala en el lugar de la víctima, a través de la queja, la culpa y el reproche.

Cabe recordar, como señalamos anteriormente, la inmensa diferencia que existe entre una víctima real e indefensa, sometida involuntariamente al abuso por parte de un otro (victimario); y el lugar de la víctima que se esgrime como beneficio secundario de la enfermedad emocional, del que nos ocupamos en el presente capítulo.

Melancolía del griego melan-cholia (bilis negra) – propensión habitual a la tristeza, tristeza suave no causada por verdadera desgracia.

La melancolía asienta sobre tres pilares:

  • La desvalorización del yo
  • El sentimiento de culpa
  • El delirio de ruina o adicción al drama

La desvalorización del yo es un aspecto muy conocido en el trabajo con la codependencia. Según nuestro criterio, la codependencia es una enfermedad social, originada en las familias disfuncionales, que causan una baja autoestima. Nuestro centro de poder está puesto fuera de nosotros (padres, pareja, jefes, amantes, amigos, socios, etc.) a quienes les conferimos derechos a sentenciar nuestras actitudes y las aceptamos como decretos. Nos sometemos a ellos.

Nuestro trabajo para superar la melancolía, exige que estemos atentos y que cada vez que una voz -tanto interior como exterior- se alce para denigrarnos, procedamos a acallarla, con firmeza. Siempre.

La ira, que está presente en la inmadurez emocional como expresión de la impotencia, tiene que ser utilizada contra la tendencia destructiva (propia o ajena).

Como nuestra mente permanece activa en forma constante, es preciso vigilar nuestros pensamientos, para que la negatividad no se adueñe de ellos. Con el fin de que la mente esté ocupada, en estas circunstancias, es conveniente utilizar un mantra. En la más antigua tradición cristiana se empleaba la Oración de Jesús. El uso del mantra en los pueblos orientales tiene semejante finalidad.

El segundo de los pilares de la melancolía es el sentimiento de culpa.

Este sentimiento es preexistente al hecho y obliga a hacerse acreedor de un castigo inmerecido.

Advertimos que se trata de una trampa, y las trampas siempre son artificios del ego, al igual que las quejas. Todos podemos ser realmente culpables cuando nuestra conducta provoca un daño. Entonces nos hacemos cargo y reparamos. Pero ésta es sólo una por mil de las veces en que nos sentimos culpables.

En su Manual, Epícteto señala:

La gente mezquina por lo general reprocha a los demás por sus infortunios. La gente corriente se reprocha a sí misma. Quienes viven su vida con sabiduría comprenden que la tendencia a culpar a algo o a alguien es una tontería; que nada se gana con echarle la culpa a los demás o a nosotros mismos.

El tercer pilar de la melancolía es el delirio de ruina o adicción al drama. La mayoría de las veces, ante cualquier dificultad, sentimos que estamos al borde del abismo, porque no vislumbramos solución para nuestro padecimiento: vemos todo negro, todo perdido, todo mal.

Nos hemos acostumbrado a la negatividad, a sufrir. El sufrimiento se ha convertido en una manera de vivir nuestra vida, porque no sabemos hacerlo de otro modo. Creemos que sólo a nosotros nos pasan las cosas malas y que los demás pueden disfrutar. Recordemos la frase, tan vigente en nuestra sociedad, unos nacen con estrella y otros estrellados. Se trata de una distorsión de nuestra manera de percibir los hechos.

Cuando registramos las vivencias desde la calamidad, tenemos una visión autocentrada que distorsiona nuestra percepción y no llegamos a comprender que el dolor es un sentimiento que acompaña a muchas vivencias humanas.

Iniciamos nuestro día con reproches, buscando siempre algo de qué quejarnos, convocamos de este modo la desgracia, y esperamos que la felicidad nos llegue mágicamente.

No olvidemos que lo negativo atrae lo negativo 1 y si nos dejamos atrapar por esta bruma melancólica, sólo obtendremos más de lo mismo. Si en cambio, podemos agradecer, tanto lo bueno como lo malo, lo malo nos dejaría una enseñanza y hasta podría transformarse.

Al abandonar la necesidad de tragedia como estilo de vida, podremos trascender el horizonte de la melancolía. Abordaremos la dificultad con una actitud de aceptación y apertura a las preguntas: -¿Qué trae a mi vida esta situación adversa? ¿Qué tengo que aprender de ella?

El análisis de los aspectos constitutivos de la melancolía, nos permite cambiar esa condición tan autodestructiva y modificar nuestros hábitos erróneos, con enorme esfuerzo pero con indudable beneficio.

Dejemos de ser nuestros peores enemigos y de juzgarnos con tanta severidad, o de carecer totalmente de autocrítica, el otro polo de la autodenigración. No sabremos amar al prójimo si antes no aprendimos a amarnos a nosotros mismos. La inmadurez emocional nos puede acompañar a lo largo de la vida si no tomamos conciencia de que, crecer, es una responsabilidad individual e ineludible. Si no, seguiremos siendo niños culposos o culpógenos.

El trabajo emocional o psicológico, es un esforzado recorrido mediante el cual vamos conociendo nuestros hábitos, los mecanismos de defensa que utilizamos y los defectos de carácter que cada uno de nosotros tenemos. Este trabajo de autoconocimiento se hace por decisión propia, al comprender que la reincidencia en los errores radica en una forma equivocada de comprender nuestros derechos y obligaciones. Muchas son las personas que advertidas de su participación en los resultados que obtienen en la vida, inician una terapia para aprender a conocerse a sí mismas. El trabajo con la personalidad ha de preceder al Trabajo Interior, al desarrollo del Sí Mismo, a la búsqueda espiritual que nos abre a la plenitud.

En algunos ámbitos religiosos o escuelas de espiritualidad, se suele ignorar la importancia de hacer este trabajo con el yo inferior y el abordaje de la Sombra de nuestro inconsciente. Los aspectos oscuros, esconden una virtud aún no desarrollada. Una vez reconocidos y asumidos, nos alertan sobre la importancia de trascender el ego y nos conducen al aprendizaje de la humildad. En los Libros Sagrados se habla de que la humildad es el camino del encuentro con la divinidad.

El ego debe someterse al Yo Superior, y para ello es necesario renunciar a la autoimportancia. Por no renunciar a ella, algunos líderes espirituales obligan a sus seguidores a obedecer sus mandatos y juzgan sin piedad a quienes no lo hacen. Estos falsos maestros se mueven desde el autoritarismo y desconocen la compasión. Confunden los términos humildad y humillación.

No podemos evolucionar en tanto que perdure la negatividad como rasgo dominante de nuestro mundo afectivo.

Todo complejo psicológico no resuelto requiere de un enorme caudal de atención y energía, para mantenerse oculto en nuestro psiquismo. Es preciso conocernos, perdonarnos e integrar en nuestro interior los aspectos emocionales oscuros, para liberar esa energía que se mantiene retenida en ellos. Una vez dado este paso evolutivo, tendremos dicha energía para dirigirnos hacia la ansiada plenitud y sabiduría.

En este momento de nuestra reflexión, cuando ya conocemos la toxicidad del sufrimiento generado por el ego, podemos dedicarle un espacio respetuoso al verdadero dolor humano.

Duelo del latín dolos (pena o aflicción), pesar por la muerte reciente de alguien.

A fin de profundizar sobre el proceso de duelo, hemos de recordar que también en el duelo se siente desinterés por el mundo exterior y apatía, como en los estados melancólicos, pero a diferencia del estado melancólico,

En el duelo, la persona no experimenta desvalorización o desprecio por sí misma.

 

Y aquí radica la diferencia fundamental entre ambos.

La Dra. Elisabeth Kübler Ross, médica suiza, que dedicó gran parte de su vida al trabajo de acompañamiento de enfermos terminales, nos refiere las etapas del proceso de duelo:

Comenzaba con un estado de fuerte conmoción y negación, luego indignación y rabia, y después aflicción y dolor. Más adelante regateaban con Dios; se deprimían preguntándose ¿por qué yo? Y finalmente se retiraban dentro de sí mismos durante un tiempo, aislándose de los demás mientras llegaban, en el mejor de los casos, a una fase de paz y aceptación.

La Rueda de la Vida, Ediciones Grupo Zeta

Las etapas del duelo 2 son:

1. Negación y Aislamiento

2. Ira

3. Pacto

4. Depresión

5. Aceptación

Este proceso entreteje una trama de significados que encierra un saber, una esperanza secreta que anida en el corazón del hombre.

Éste es el testimonio de un prisionero de un campo de concentración:

El sol ha hecho un velo de oro

Tan hermoso que me duele el cuerpo.

Allá arriba los cielos lanzan su grito azul.

Por algún error he sonreído.

El mundo florece y parece sonreír.

Yo quiero volar, pero ¿adónde? ¿a qué altura?

Si puede florecer algo en un alambre de púas

¿por qué no voy a poder yo? ¡No moriré!

Anónimo 1944

Meditar en estas experiencias tan significativas nos lleva a enfrentarnos con las muertes cotidianas. En forma constante, nos tenemos que despedir de cosas, ideas, personas, circunstancias, que han terminado su relación con nosotros. La vida se enlaza con la muerte como en una danza.

Los límites que nos pone la vida nos enfrentan con el fin de las cosas, de los vínculos y de las diferentes experiencias. Este contacto con lo inexorable, tan difícil de afrontar, nos dispone para aceptar el fin último de la vida, la muerte.

Esa muerte tan temida desde la plenitud de la existencia, es no obstante, abrazada con agradecimiento cuando la enfermedad nos pone al borde de la resistencia humana.

La muerte pertenece a la vida igual que el nacimiento

Para andar no sólo levantamos el pie:

También lo bajamos.

(…)

Interpretamos mal el mundo y decimos que nos defrauda.

R. Tagore Pájaros errantes

Cuando nos dejamos atravesar por el duelo, en los momentos cruciales de nuestra existencia, también comprendemos algo más acerca del misterio de la vida. Las dos fases que la componen se alternan entre existencia y muerte. Es el pulso de la vida. La Vida es Eterna.

El ojo ve bien a Dios solamente a través de las lágrimas. 3


1 La ley de Atracción, de la Sabiduría Perenne
2 Se desarrollaron en el Capítulo 5 Sufrimiento – Dolor
3 Víctor Hugo

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